La invitación.

Las razones no las conozco, ni las quiero conocer. El porque es de ella y solo ella lo tiene que saber.

Me dijo que no quería seguir, que estaba cansada y prefería terminar.

Le dije: está bien, hazlo, pero de todo lo que te vas a perder no lo lamentes.

No sabía si hacía bien, pero ella estaba segura de lo que sentía.

Estaba oscuro a excepción de un pequeño farol que le costaba dar luz, el frío estaba quieto, ni muy intenso, ni muy tranquilo. Lo que pesaba era la tensión, estaba densa y la sentía hasta en mis hombros. Aún así trataba de hacer como si nada, aunque ella estuviese de pie contra el puente mirando el río.

El silencio de la calle dejaba oír nuestros dos corazones latir, como caballos de carrera.

Ese día no tenía afán así que paré para verla a ella escapar, escapar de una vida que no conocía.

Ahí, de pie, por fuera del puente, agarrada por el miedo, a la baranda, me miró y me dijo: ¿lo quieres hacer conmigo?

Y entonces ahí me di cuenta que la apatía de vivir se me notaba más a mi.

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